miércoles, 18 de octubre de 2017


Una de las cosas que sabemos los que sufrimos síndrome de Diógenes es que la suciedad duradera no se puede quitar de una sola limpieza ⇒otro tanto ocurre con la mugre del corazón.



El capitalista es un comunista asimétrico. El verdadero individualista es el poeta.



Y ahora recuerdo que Nietzsche, que como Napoleón o Victor Hugo creía en la unidad política de Europa, no veía ningún futuro a la “alemanería”, a la que había visto nacer, ni a los demás nacionalismos europeos. ¡Si supiera lo que están durando!


martes, 17 de octubre de 2017


A pesar de que soy contrario a la lectura ética de las obras de arte, descubro con asombro, ahora que he visto por tercera vez una de mis películas favoritas de John Ford, El hombre tranquilo, que la escena casi final, que pretende ser cómica, en la que aparece John Wayne arrastrando brutalmente a Maureen O’Hara durante unos kilómetros, con cientos de irlandeses jaleándole mientras acude a pedirle a su cuñado Victor McLaglen el dinero de su dote, me parece ahora muy desagradable. Más que desagradable, me parece intolerable. ¿Y cómo es que esa larga escena no me indignó las dos primeras veces que la vi? Sin duda el avance del feminismo (la única buena noticia social en el Madrid de los últimos años) está actuando en mí y ya no soy capaz de admitir algunas cosas.



La nación es ladrona y caníbal: se apropia de los literatos, de los pintores, de los deportistas y de todos los personajes ilustres. Las creaciones o triunfos más excelsos, que en el caso de las artes y los deportes se deben en un 95% a meros individuos, algunos de los cuales vivieron en la miseria o hasta tuvieron que exiliarse, pasan a formar parte de un estúpido nosotros que se colorea y vanidosea: nosotros hemos escrito el Quijote, nosotros hemos pintado el Guernica, nosotros ya tenemos diez Roland Garros, nosotros hemos ganado el Gran Premio de Bélgica…



El desagüe de la admiración. Todas mis buenas épocas en la poesía han coincidido con el descubrimiento de poetas mejores que yo a los que he abrumado con mi admiración. Admirar me suelta, me quita las legañas y me hace olvidarme de mí. No sé si exagero mucho con mis predilecciones, pero en una tertulia un menda me dijo:

–Me molesta mucho que admires tanto a mengano, un poeta que se precie no debería rebajarse tanto como tú.

Él entendía que admirar como yo lo hago es arrodillarse, algo propio solo de fans o groupies, pero yo no lo veo así. El poeta no tiene que preocuparse por la salud de su ego porque el ego del poeta, al menos el mío, es indestructible, una fuente de energía inagotable, pero el ego establece una tensión dañina en tu mente, un-tomarse-en-serio que llega a ser ridículo (tan ridículo que te das cuenta), y solo dándole vacaciones puede renovarse. De ahí que la admiración, valores intrínsecos aparte, es benefactora porque actúa como desagüe, te libra de ti mismo, te pone en otro territorio, distiende tu ego, te hace mejor.



Nuevo recordatorio para repetirme tres veces al día: No estás solo: te tienes a ti. Recuerda que existen heridas antiguas que tienes que alimentar para que no se te pudran. Nadie va a escribir por ti. Nadie puede ayudarte. Tu vida solo consiste en escribir y tu muerte en dejar de escribir.



De la simple diferencia hacen esencia, de la esencia identidad y de la identidad frontera: éste es el recorrido habitual por el que lo grato se convierte en ingrato. Porque el problema no son las diferencias ⇒son las fronteras.



De la confusión que lleva a identificar capitalismo con individualismo huyó la propia Ayn Rand, que dijo: “Me tienen por defensora del capitalismo, cuando lo que realmente soy es defensora del individualismo”. Efectivamente, es raro el individualismo de quien necesita asalariados para prosperar, agentes de policía para proteger sus propiedades, o lacayos a sueldo en el gobierno, juzgados y medios de comunicación. Creo que la oposición entre estos dos términos la vio muy bien Frank Capra en sus películas Juan NadieCaballero sin espada. Los héroes de Capra luchan precisamente contra los grandes capitalistas, pero la tensión de la trama resulta de que tanto Gary Cooper como James Stewart luchan sin ayuda, individualmente, contra un enemigo invisible, el capitalista, que nunca se atreve a dar la cara sino que dirige desde su despacho los hilos de jueces, políticos y periodistas. En una ocasión escribí que un tigre, si caza en solitario, solo puede matar tres ciervos en una tarde: el capitalista es el tigre que nunca caza solo y por eso consigue matar miles de ciervos cada tarde.



Mira que es contradictorio un nacionalista de izquierdas, pero también me he encontrado ecologistas de ultraderecha, homosexuales homófobos y homofílicos católicos, abertzales protaurinos, obreros de derechas y marxistas con Mercedes. A un periodista de la Fox se le ocurrió preguntar a los mendigos de su calle a quién votarían en el caso de que tuvieran derecho al voto: todos menos uno dijeron que a Trump. ¿No será la contradicción la única manera de coherencia política?



Tengo que luchar contra la soledad como sea, mi cerebro apesta a cuarto cerrado.



Los liberales y su amor por la verdad. Cuando yo era pequeño, se decía que el comunismo había matado a veinte millones de personas. Esa era la cifra aceptada de forma general. Creo que había cumplido quince años cuando los politólogos liberales cambiaron esa cifra a treinta, y luego a cuarenta, en espiral tan ascendente que cuando alcancé la treintena ya habían llegado a sesenta millones. Leo ahora que la nueva cifra es de ¡100 millones! de personas, sin aportar ningún dato ni documento, por supuesto, y doy por hecho que a este ritmo revisionista para 2050 ya habrán conseguido adjudicarle al comunismo 500 millones de muertos.



Demostró Galileo que si arrojas desde lo alto del campanario una bola de mil kilos y una de quinientos gramos, las dos llegan al suelo a la vez ⇒el que fracasa y el que triunfa llegan al mismo tiempo ⇒el suelo (la muerte) nos iguala.


lunes, 16 de octubre de 2017


Recordatorio para repetirme tres veces al día: Si amas la vida debes respetarte a ti mismo. Si te respetas tienes que ducharte una vez por semana. Si te quieres y también quieres a tus gatos tienes que renovar el arenero una vez cada tres días y limpiar Maracaná una vez al mes. Si no lo haces es porque no te quieres, ni quieres a tus gatos, ni a la vida, ni a nada.



Violencia sí, pero en la literatura. Todo el irracionalismo que queráis, pero en las artes. Al menos hasta que sepamos cómo domar a esos tigres. Los mejores resultados sociopolíticos del mundo, mal que les pese tanto a marxistas como a liberales, se han conseguido en las nada revolucionarias democracias escandinavas, que encabezan todas las listas de excelencia en educación, igualdad de oportunidades, idiomas, renta per cápita, I+D, calidad de la democracia e integración del inmigrante, países a cuyos ciudadanos no les importa pagar más del 50% de impuestos para sostener ese tinglado. Cada vez que algún gobernante recurre a argumentos irracionales (patria, religión, mano invisible o utopía social, qué más da), empiezan a proliferar los mendigos, faltan plazas en los albergues y se frotan las manos los comerciantes de ataúdes.



De los errores no temo que sean muchos sino que sean siempre los mismos: los fracasos repetidos son peces de agua dulce y yo necesito emborracharme de sal en los mares más abiertos.




¿Pero quiénes son los grandes panegiristas de la soledad? Los filósofos y los poetas en su mayoría, Heráclito, Lao-Tse, Epicuro, Horacio, Séneca y por ahí. En Fray Luis, Lope y Quevedo también podemos leer grandes elogios al huerto de coles horaciano. Pero lees las biografías de los grandes predicadores de la soledad y en muchos casos son más que entretenidas. Elogian la soledad por clasismo y por abrazar un tópico ilustre, pero luego se rodean de amigos y discípulos y la cultivan mucho menos de lo que dicen, sencillamente porque la soledad ES HORRIBLE. Y no me vale alegar que la necesitaban para pensar y escribir porque no me refiero a esa clase de soledad nutriente: al menos yo nunca me he sentido solo mientras escribo.



Es un triste consuelo, pero el racismo que abunda en Madrid ha sido aplazado/solapado en las últimas semanas por la catalanofobia. No hay que confundir las dos formas de odio: el racismo es mucho más grave porque se dirige contra personas a las que se considera inferiores, mientras que la catalanofobia es un fenómeno inter pares: se nota que en la aversión a los catalanes hay una parte de complejo y admiración hacia ellos.



Lo primero que hacen algunos filósofos para acreditar su inteligencia es llamar “vulgo” al pueblo. Y lo primero que hacen los gobernantes no solo de izquierdas para homogeneizar y manipular al electorado es llamar “pueblo” a lo que en la mayoría de ocasiones son taifas o individuos aislados. Pero decir que el vulgo es ignorante y borrego es la misma idiotez que decir que el pueblo es soberano y siempre tiene razón. Pueblo, lo que se dice pueblo, solo he visto en España en contadas ocasiones, como en el asesinato de Miguel Ángel Blanco, los atentados de Atocha, la victoria en el Mundial de fútbol, el estallido del 15-M, y ahora con el tiberio de Catalunya. ¿Pero qué tiene que ver el pueblo del 15M, que ocupa las plazas para que se apliquen de verdad los artículos de TODA la constitución, con el pueblo de las últimas semanas, que solo está preocupado por que se aplique UN artículo de la Constitución, el de la indivisibilidad de la patria, precisamente el único artículo que no tiene nada que ver y hasta se opone al espíritu de la Declaración de los Derechos Humanos? Sucede que también las colectividades mejoran y empeoran, aciertan y se equivocan, como explica bien José Antonio Marina en La inteligencia fracasada. El pueblo de Madrid, brillante y solidario en 2011, se ha ido degradando a partir de entonces hasta que ha terminado volviéndose racista, islamófobo, anticatalán y patriotero.


domingo, 15 de octubre de 2017


La soledad como souvenir. Entre las estafas intelectuales una de las más tristes consiste en convertir la tragedia de la soledad en un timbre de prestigio o en un anillo que lucir en la oreja, como si la soledad fuera el distintivo del genio o el atributo de no sé qué independencia. Nunca he entendido la pasión que sienten algunos por ser unos incomprendidos; y mucho menos que se desvivan por buscar compañía para que todo el mundo pueda enterarse de esa incomprensión que sufren. La única soledad que se puede celebrar es la nutriente y elegida, aquella que actúa como descanso, reflexión o higiene con que renovar fuerzas para reintegrarse a los semejantes; presumir de una soledad que procede de una supuesta peculiaridad, inteligencia superior o falta de empatía es clasismo, romanticismo de garrafón o bobería al cubo.