martes, 31 de enero de 2017

Ocho meteoros


Ya es la sexta vez que destruyo este blog. Pero llevaba cinco años sin hacerlo, qué mayor prueba de mi decadencia.

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Cuántas veces he pensado, la botella de vino casi terminada, que si yo fuera un verdadero tigre que supiera dirigirse directamente hacia su presa y no este hombre de broma que soy; si yo supiera sopesar las situaciones o pararme más de un minuto seguido en el mismo tema, en lugar de paladear todos los manjares y visitar frívolamente todas las mesas, ¡entonces qué gran escritor sería yo! ¡entonces sí que deberíais compraros unos ojos nuevos para leer mis engendros, ahora transformados en prodigios de hondura y delicadeza! Pero poco después pienso justamente lo contrario: en realidad, si yo hubiera sido esa persona solvente, seguro que habría dedicado mi vida a algún objetivo y no a la literatura, que es la ocupación de los que odiamos los objetivos. Quién que sirva para la vida se iba a refugiar dentro de las palabras…

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He empezado a escribir un diario por hacer caso a Goethe, que decía que no respetaba al hombre que no llevaba uno. Y entre otras cosas voy anotando todas las pajas que me hago cada día, ahora que he bajado de dos dígitos por primera vez en treinta años. El martes siete, el miércoles cinco, el jueves seis, el viernes tres, dios mío solo TRES. Si consigo limitar mis masturbaciones a solo tres al día, no quiero hacerme ilusiones, pero quizá empiece a ser una persona con futuro: quizá mi cuerpo me permita vivir por primera vez.

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Me he apuntado a un grupo que trabaja contra la xenofobia y una de las actividades es visitar los CIEs para consolar a los presos. Y ya estoy nervioso, porque en mi vida he servido yo para consolar a nadie. Cada vez que alguien se ha puesto a llorar en mi presencia, me quedo rígido. No sé qué hacer. Me encantaría ponerme a llorar yo, si es que supiera.

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Siempre he tenido una objeción esencial contra la vida: mi cuerpo. La pesadilla de mi cuerpo. Siempre me he sentido como un búfalo aprisionado dentro de una pelota de tenis.

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De la desgracia Trump al menos podemos celebrar que sea un machista y xenófobo de tal cutrerío y sal gorda que va a conseguir reactivar todos los ideales humanistas, hoy devaluados. Existen machistas inteligentes y xenófobos con cultura, personas que podrían hacer verdadero daño, pero no es el caso.

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Mi otra gran objeción contra la vida es mi cerebro, esa máquina vocinglera, incoherente y tumultuosa, pero a mi cerebro lo sobrellevo mejor con la técnica de repetirme muchas veces no te hagas caso, Batania, pasa de ti, Batania, déjate en paz.

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Y no me habléis del blog sacrificado, por favor. Era un blog infantil (ni siquiera el blog de un niño).